El Origen

Comenzó a funcionar en 1858, y no es extraño que, como la mayoría de los cafés, fuera fundado por un extranjero, "Monsieur" Jean Touan. Su nombre recordaba al Café Tortoni de París, inaugurado durante el Directorio. Al principio estuvo ubicado en la calle Esmeralda, en la esquina de Rivadavia, a pocos metros del Hotel Francés y del viejo Hospital de Mujeres. En ese lugar, se mantuvo hasta mediados de la década de 1890.

En sus primeros años de vida, el Tortoni observó a la ciudad despojarse de su ropaje original, a fuerza de crecer y crecer. Para 1870, con 180.000 pobladores, Buenos Aires, ya era bien distinta de la urbe existente una década atrás. En esos años, la ciudad llegó a tener poco más de 200 cafés. Pero entre 1878 y 1886, cerraron la mayoría de los cafés de la zona céntrica de Buenos Aires. Entre esas dos fechas, sólo 38 cafés lograron sostenerse. El Tortoni, regenteado entonces por Celestino Curutchet, fue uno de ellos. Curutchet, un vasco-francés, nacido en Barcus; al igual que su predecesor Juan Touan, compartía con el resto de los comerciantes dedicados a este negocio, la condición de extranjero. Para darnos una idea de la primacía que ejercían los inmigrantes en el rubro, recordaremos que de cada 20 dueños de cafés, sólo uno era argentino.

A mediados de la década de 1890, el Café Tortoni se mudó de local, aunque en las cercanías del sitio original, estableciéndose en la calle Rivadavia 826. Antes de finalizar el siglo, el Café abría sus puertas sobre la Avenida de Mayo.


En la Avenida de Mayo

La llegada del Tortoni a la Avenida de Mayo está asociada a los recuerdos más ponderados de su historia. El Tortoni todavía estaba en la calle Esmeralda, cuando el intendente Torcuato de Alvear, inició el plan de apertura de la nueva avenida. El proyecto de "Don Torcuato", implicó la demolición de una amplia línea de edificaciones entre la Plaza de Mayo y la Avenida Entre Ríos, un total de trece cuadras. La novel y ancha avenida, que cambiaría el rostro del centro de la ciudad, se abrió paso entre la calle Victoria -hoy Hipólito Yrigoyen- y Rivadavia. Al principio, la arteria pareció desolada, pero pronto, en un tiempo que no superó los diez años desde su apertura definitiva en 1894, todo el recorrido de la Avenida de Mayo se pobló de una serie de magníficos edificios, entre ellos el de Saturnino J. Unzué, construido bajo la dirección del arquitecto Alejandro Christophersen. Curutchet, que se había mudado de Esmeralda a la calle Rivadavia 826, encontró entonces una nueva puerta de entrada para el Tortoni, sobre esta arteria amplia y luminosa, que conectaba el Congreso de la Nación con la Casa Rosada. Desde allí en adelante, el Café tuvo dos entradas: por Rivadavia 826 y por Avenida de Mayo 829. Resultó entonces, que sin moverse de lugar, y siendo en medio siglo más antiguo que la Avenida de Mayo, el Gran Tortoni abrió con ella la nueva centuria, dejando un pasado más modesto para proyectarse decididamente sobre el Siglo XX.

Apenas abierto el nuevo portal, el Café evidenció un incomparable poderío, que no sólo se observaba en el amplio espacio físico que ocupaba, sino también en la gran cantidad de dependientes a los que daba trabajo. En 1895 mientras la mayoría de los cafés no tenía más de tres dependientes, el Tortoni tenía dieciséis. Celestino Curutchet, contaba además, con la colaboración de su hermano José Pourteau, y de sus hijos Mauricio y Pedro Alejo.


Abriendo el Siglo

Y así, abierto a la Avenida de Mayo, inició la nueva centuria.

En 1908, con medio siglo de vida, era considerado un Viejo y Gran Café. Ubicado en la principal avenida de la ciudad y a pocos metros de la Plaza de Mayo, antiguo, amplio, y con una clientela distinguida, el Café no dejaba de crecer en prestigio. Y ya entonces, el Tortoni había sido testigo de los grandes cambios de la ciudad y había superado varias crisis. La ciudad del Centenario, ya no era la gran aldea que lo viera nacer. Poco después, en 1914, la población de Buenos Aires alcanzó la cifra de 1.500.000 habitantes. En ese último año había en Buenos Aires 1097 cafés y despachos de bebidas.

Sin embargo, el Café Tortoni era único. Siendo uno de los pocos cafés que superó las crisis de 1874 y 1890, su posición era ahora, más céntrica que en los primeros años. Para empezar, porque la mayor parte de la población ya no se radicaba en el centro. Cuando nació, la mitad de los habitantes de Buenos Aires, se hallaba en sus cercanías. Pero en 1914, la proporción había descendido a la décima parte. Este cambio, no sólo no restó influencia al Café -como a otros del centro de la ciudad- sino que la extendió, la aumentó, la redimensionó. Porque el Tortoni -sobre todo en los fines de semana- siguió siendo un lugar obligado de frecuentación para aquellos que habitaban en otras áreas de la ciudad. Al mismo tiempo, desde el final del siglo anterior, sus posibles competidores, dejaron de situarse mayoritariamente en el centro. Así, mientras en 1878, de cada veinte cafés, nueve estaban en ese sector; en 1900, de cada veinte, sólo cuatro permanecían allí. El resto de los ámbitos cafeteros se había esparcido por los diferentes barrios de la ciudad.

De modo que el Café Tortoni, comenzó a cobrar más y más fama, como centro elegante de una clientela distinguida. Clientela que no era exclusivamente de los vecinos, de los "parroquianos". Naturalmente, que el Tortoni tenía sus figuras conocidas, aquellos rostros que tras su probada fidelidad al lugar, resultaban familiares a don Celestino Curutchet o a sus hijos Mauricio y Pedro Alejo. Y claro también, que en las primeras décadas del siglo, la Avenida de Mayo y sus calles adyacentes ofrecieron la principal clientela del Café, de tal modo que su "sociabilidad" estuvo fuertemente impregnada por la presencia de los españoles y sus descendientes, que eran los principales pobladores del área. Sin embargo, la fama del Café iba mucho más allá, y dentro de los hábitos de cortesía que se imponían -desde la misma presencia de sus dueños, simpática y mesurada-, el lugar era el ámbito para los más variados encuentros. El café, ofrecía el espacio ideal para el ejercicio distintivo de una sociabilidad culta. Sus mesas, su tenue iluminación, sus características columnas, sus sólidas sillas con apoya-brazos, sirvieron para modelar un estilo de encuentros, donde la conducta recatada y el diálogo debían ser la norma. Algunos juegos, las mesas de billar, la barbería, incluso los diarios, dispuestos para su libre lectura, completaban las ofertas culturales del Café, que sin ser un "lugar caro", era un cambio, un sitio con estilo, muy distante del despacho o los "cafecitos" del arrabal, donde por entonces comenzaba a gestarse el tango. El estilo del Tortoni, se caracterizaba por una suave luminosidad, por sus amplias vidrieras en las puertas principales, por las imponentes columnas que otorgaban solidez a la construcción y por las vastas dimensiones del edificio, que le permitieron disponer de un sector más íntimo, cuya particular atmósfera era perceptible desde el final de la barra hasta la salida de la calle Rivadavia. Todo esto producía el efecto del ingreso a un mundo distinto; y por este motivo, aún con sus puertas abiertas, el Tortoni parecía no terminar de abrirse. El Café se presentaba como un interminable espacio, ineficaz para los ejercicios de repliegue, para los actos puros de soledad. Un espacio donde se podía albergar y discutir el mundo.


La Peña del Tortoni

A comienzos de la década de 1920, Celestino Curutchet, el dueño del Tortoni, con más de noventa años de edad, podía retirarse tranquilamente de la actividad comercial, y nada nos hubiera hecho recordarlo especialmente. Pero el hombre permaneció al frente del Café aún en estos últimos años de su vida. Fue entonces, cuando se vinculó con un grupo de jóvenes artistas -algunos ya destacados- a quienes cedió un espacio del Café. Este grupo, formó una Peña artística y literaria que culminó por dar nuevo lustre al Café y a su persistente propietario. Lo cierto, es que cuando los jóvenes artistas, -muchos de cuyos nombres son perfectamente desconocidos en la actualidad, tanto como entonces- comenzaron a reunirse en el Tortoni, Curutchet había cumplido ya un ciclo, y el Café era enteramente conocido y reconocido. Incluso, Celestino Curutchet, falleció antes de que la Peña quedase formalmente fundada, en setiembre de 1925. Al año siguiente murió su hijo Mauricio, y el 30 de diciembre de 1926, el Café pasó a manos de otra sociedad.

Fuera de la Peña, en el Tortoni se vivían otras cosas, otros acontecimientos, captables para el común de los asistentes al Café. Por ejemplo, en los últimos años de La Peña, y mientras en el interior de la Bodega, los artistas construían el mundo, afuera, en las mesas de la calle, con los niños tomando el consabido "naranjín", los adultos, porteños, españoles e hijos de españoles, arreglaban la segunda guerra mundial o discutían de tauromaquia.


Caída

Las voces de la memoria coinciden en afirmar que el Café tuvo su época de caída. Este período, que se inició -coincidente con el cierre de la Peña y el final de la guerra- en 1943, se extendió por varios años, hasta que nuevas asociaciones comenzaron a encontrar un espacio en el Viejo Café. No obstante, la vida del Tortoni no debió apagarse del todo. Quedaban sus espacios tradicionales; los rincones para algunos juegos, la sala de billares. Quedaba la vieja barbería, donde algunos porteños los fines de semana, antes de ir a la milonga, iban a cortarse el pelo, y sobre todo a hacerse los infaltables fomentos, para afeitarse. (El aparato donde se preparaban las compresas, aún existe, como un recuerdo, en la sala "César Tiempo", que ocupa la antigua barbería). Quedaba también la tradición establecida de ser un Gran Café. Y un café tradicional, que a pesar de los avances de las técnicas del servicio automático una novedad que tuvo a la Avenida de Mayo como precursora-, seguía manteniendo la atención por medio de los visibles mozos. En el Tortoni, -recuerdan sus clientes- era tradicional el chocolate, un chocolate suculento, muy espeso, tanto que venía acompañado con una jarrita de leche, porque de lo contrario no se podía tomar. La leche merengada, era otra de sus tradiciones. Los niños, sentados junto a sus padres, en la vereda del Café, tomaban, cada tarde, aquella bebida llamada "Naranjín" que preparaba la Bieckert.


Recuperar la Tradición

Más tarde, con la llegada de su actual responsable, Roberto Fanego, el Café Tortoni, empezó a recuperarse como un espacio para la cultura porteña y nacional. El nuevo dueño, recreó la tradición cultural del Café, abriendo originales rincones institucionales que establecieron un inmediato y particular vínculo con el pasado. Pero además, Fanego puso ante la vista de quienes asisten al Café, la gran historia del Tortoni. Sobre los laterales del recinto se montaron artísticos recovecos, destinados a recordar y homenajear a quienes ocuparon esos lugares. Junto a esos rincones, los cuadros, las fotos -incluidas las de la familia Curutchet- y los grabados a profusión, tapizaron con el espeso pasado los muros del antiguo café. También se modificaron algunos espacios tradicionales, como la barbería, ahora convertida en Biblioteca "César Tiempo", a cargo de la Asociación Amigos de la Avenida de Mayo, un lugar de encuentro para los amantes de la historia de la ciudad. Allí también, el Gobierno de Buenos Aires estableció uno de sus Centros de Información Turística. Otro cambio: al lado de la barbería, recostado sobre la calle Rivadavia, había un reservado para familias, que fue convertido en un salón para eventos artísticos, otorgándosele el nombre de "Salón Alfonsina", en memoria de Alfonsina Storni, asidua concurrente a la Peña. Allí, se clausuró una de las dos entradas, que se abrían desde la calle Rivadavia.

El espacio de La Bodega fue recuperado, y de lunes a jueves, Alejandro Dolina realiza su programa "La venganza será terrible". La Academia Nacional del Tango, presidida por Horacio Ferrer ocupa ese mismo espacio todos los meses, ofreciendo espectáculos musicales cargados de evocación. El tango, por otro lado, tiene una presencia permanente en el Café.

Pero, además de todo esto, el Café Tortoni ha sabido mantener su particular fisonomía; de modo que la mayoría de los elementos que lo han caracterizado desde principios de siglo, -incluyendo su mobiliario, o su original caja registradora- forman parte de su actual escenografía. Esta continuidad, alternada con un cuidado remozamiento, constituyen en definitiva, el decorado principal de las escenas históricas que ha ofrecido el Café desde su origen, y que han dado marco a los múltiples encuentros que a lo largo de ciento cincuenta años se sucedieron entre sus paredes, mientras él, el Gran Café Tortoni, nos miraba.


Un Lema

"Ici on peut causer, dite, boire, avec mesure, et donner de son savnir faire la mesure, mais seuls Part et Pesprit, ont le droit de sans mesure se manifester ici".

A pesar de que al momento de establecerse la Bodega del Café como lugar para las reuniones de la Peña, "Amigos de las Artes y las Letras"; Celestino Curutchet ya había fallecido, la tradición se ha empeñado en rescatarlo a él, como autor de la frase de bienvenida a los entusiastas jóvenes: "Aquí se puede conversar, decir, beber con mesura y dar de su habilidad la medida. Pero sólo el arte y el espíritu tienen el derecho de sin medida manifestarse aquí". Probablemente, la frase haya sido de su hijo Mauricio, quien fue, en definitiva, el responsable de la cesión de la bodega.


CELESTINO CURUTCHET

Celestino Curutchet, nació el 19 de mayo de 1828 en el pueblo de Barcus, en la provincia Vasco-francesca de La Soule, en los Bajos Pirineos. Curutchet era descendiente de una antigua familia afincada en el lugar. Sus padres eran propietarios rurales. Sin embargo, desde su juventud se dedicó al negocio del café. Antes de su llegada a nuestro país, ya explotaba un comercio de este rubro en Burdeos.

Allí, en 1862, en la antigua Iglesia de Saint Seurin, se casó con Ana Arriçanuthurry, también vasca, -del pueblo de Esquioule, apenas separado por un tío de Barcus-. En Burdeos nacieron los tres primeros hijos de la pareja, María -quien murió con sólo tres años de edad- Pedro Alejo y Mauricio.

Por entonces, la suegra de Curutchet, María Larrive -viuda de Artçanuthurry- había formado un nuevo matrimonio con otro francés, Jean Touan, con quien poseía un café en Buenos Aires. En este café de Buenos Aires, ubicado en la calle Esmeralda, esquina Rivadavia, colaboraba un hijo de María Larrive, Juan Pedro Artçanuthurry, cuñado de Curutchet. En 1870, Celestino Curutchet, su mujer y sus dos pequeños hijos, Pedro Alejo y Mauricio, se trasladaron a Buenos Aires, donde se unieron al resto de la familia de su esposa. En 1871, nació Severina Curutchet, y sólo doce años más tarde, en 1883, Marcela, quinta hija del matrimonio. En 1886 nació Gabriel, el último hijo de Celestino y Ana. Desde 1879, la pareja se había hecho cargo del local de Juan Touan y María Larrive.

Cuando Curutchet llegó a Buenos Aires, tenía 42 años. Falleció 55 después, a los 97 años de edad, lo que le permitió, desde una posición privilegiada, observar los grandes cambios producidos en la ciudad hacia finales del Siglo XIX. Los Curutchet, por otro lado, mantuvieron fuertes lazos con su comunidad de origen: Celestino fue uno de los fundadores del Centro Vasco-francés de Buenos Aires y Ana, su esposa, integró como Tesorera, el Orfanato Francés. Los dos hijos mayores de la pareja, Pedro Alejo y Mauricio, colaboraron con Celestino en la administración del negocio.

La familia Curutchet, contribuyó con sus inclinaciones artísticas y literarias a cimentar el clima intelectual del Tortoni. Pedro Alejo era versado en filosofía oriental, política y fue un eximio violinista; mientras que Mauricio era amigo de la literatura, la poesía y la música. Fuera del café en los encuentros de la familia, que alquilaba todo el edificio de Unzué, reinaba también un clima de amenidad, de diálogo y de música, como el que inspiró la vida del café.

Celestino Curutchet falleció el 7 de setiembre de 1925. Al momento de su muerte, había gestado un café, que ya era reconocido como parte de la historia porteña.


El Recuerdo que Dejó Quinquela

Es interesante seguir el relato que el principal sostén de la Peña, Benito Quinquela Martín, traza de la llegada de su grupo al Tortoni.

"De La Cosechera (N. de R. "La Cosechera era otro Café, ubicado en Perú y Avenida de Mayo) pasamos al Café Tortoni, donde nos recibieron con sonrisas esperanzadas, que, desde hacía tiempo no veíamos en nuestra sede anterior pues las habíamos ido perdiendo progresivamente entre lo poco que gastábamos y lo mucho que disctutíamos".

"Tuvimos la suerte de que el dueño del Café Tortoni sustentara otras ideas con respecto al negocio cafeteril. Los artistas podrán gastar poco, pero dan lustre y fama a un establecimiento público. Así debía pensar C. Curutchet el propietario del Tortoni que,como buen francés, sabía ser práctico y romántico a la vez" (...)

"El Viejo Tortoni tenía su clientela segura y abundante, pero nuestra "Peña" bohemia siempre encontraba la manera de instalarse en las mejores mesas de la vereda o del salón, segun lo requiriera la temperatura. Como entre los peñistas, o peñófilos abundaban los desocupados, nunca faltaba alguno de la rueda que acudía temprano al café para tomar posiciones. Y la rueda iba creciendo a medida que la noche iba avanzando. Tanto llegó a crecer, al cabo de algún tiempo, que uno de los nuestros, Germán de Elizalde, resolvió abordar al señor Curutchet. Necesitábamos espacio vital para nuestra "Peña" ¿No podría proporcionárnoslo monsieur Curutchet? Y el viejo francés, que usaba perilla y gorro turco, nos ofreció entonces su cueva de vinos, previo traslado de las empolvadas botellas, naturalmente".


Algunos Nombres

Se inauguró el 25 de mayo de 1926. La Primera Junta Directiva de La Peña, estuvo constituida por: Jorge Bunge, Germán de Elizalde, Benito Quinquela Martín, Arturo Romay, Edmundo J. Rosas, Alejandro Savelieff, Gastón O. Talamón.

Asistentes más o menos frecuentes de La Peña:

Ricardo Viñes, Francisco Isernia, Tomás Allende Iragorri, Antonio González Pintor, Francisco Balbi, Carlos Tarelli; Augusto González Castro, Gastón O. Talamón, Isaac Castro, Pedro Herreros, Pascual De Rogatis, Alfredo Schiuma, Juan José de Soiza Reilly, Héctor Pedro Blomberg, José María Samperio, Celestino Fernández, Manuel López Palmero, Atilio García Mellid, Germán de Elizalde, Luis Perlotti, Alejandro S. Tomatis, Juan de Dios Filiberto, Carlos de Jovellanos y Passeyro, Daniel Marcos Agrelo, Rafael de Diego, Miguel A. Camino, Pedro V. Blake, Enrique Loudet, Celestino Piaggio, Manuel López de Mingorance, Gregorio Passianoff. "Y otros, a los que se agregaban invitados y visitantes".


Asociación Amigos

En 1973, nace la Asociación Amigos del Café Tortoni.

La Junta Directiva se formó de la siguiente manera: Presidente, Alberto Mosquera Montaña; Vicepresidente Primero, Roberto A. Tálice; Vicepresidente Segundo, César Tiempo; Secretario, Jaime Fürman; Secretario de Actas, Jorge H. Bustos; Tesorero, Víctor G. Prato Murphy; Vocales, Julián Centeya, Santiago Gómez Cou, Julio De Caro, Carlos Cañás, Carlos Mastronardi y Ricardo M. Llanes; Revisor de Cuentas, Roberto Fanego. El Consejo Asesor estaba encabezado por Benito Quinquela Martín.


Círculo de Poetas Lunfardos

Otra entidad vinculada al Tortoni.

Presidente Honorario: José Gobello, Tesorero Honorario: Enrique Burone Risso, Presidente: Juan José Gallo, Vicepresidente: Leopoldo Díaz Vélez, Secretario: José Gerardo Famá, Prosecretario: Oscar Roque Peña, Tesorero: Miguel Bonifacio Tabares; Protesorero: Horacio A. Bretón, Vocales: Orlando Mario Punzi, Hipólito Orlando Silva, Emilio Adolfo Langlais, Suplentes Juan Ángel Russo y Antonio César Obligado, Comisión Fiscalizadora: Alberto Rossotti.


La Peña y los nombres ilustres

Más allá de la circunstancia pintoresca que implicó la llegada de la Peña, es interesante analizar este acontecimiento desde una perspectiva diferente a la de aquellos protagonistas. La acción de ocupar un espacio apartado del café -la bodega-, una zona propia, que determinó la pertenencia al grupo de la Peña, más allá del nivel y prestigio que -en la mayoría de los casos, posteriormente- alcanzarían algunas de las figuras concurrentes a la Peña, es lo que creemos da el verdadero relieve histórico de la Peña. Es esa capacidad del grupo, la de generar un nuevo apartado del Café, -en un sótano, al que Quinquela llamaba vital, espirituoso, subterrráneo- la que hará emerger la leyenda más persistente del Tortoni: por él, y a partir de la Peña, pasaron las grandes figuras del mundo, cumpliendo la visión de Quinquela, de que los artistas "dan realce".

Pero lo cierto, es que el "realce" era mutuo. Pertenecer a la Peña del Tortoni daba "realce" a los artistas; más aún, en muchos casos, ayudaba a instituirlos como tales. Roberto Arlt, leyó su primer cuento en el Tortoni y Juan de Dios Filiberto estrenó allí, en 1930, su primer orquesta. La "Agrupación Gente de Artes y Letras" -éste era el nombre oficial de La Peña-, constituyó el medio propicio para el desarrollo de las vacaciones artísticas, muchas de las cuales eran entonces "desocupados" una categoría bien parecida, pero no igual a la del artista. Con el correr de los años, la "bodega" del Tortoni, adquirió la categoría de un concepto cultural, y esto, obviamente, dio mayor trascendencia al Café. Pero fueron todas las primicias, todas las novedades, todos los actos heroicos que realizó el grupo como tal, -por ejemplo, el haber desarrollado el primer teatro-café de Buenos Aires-, los que otorgaron trascendencia histórica a ese recoveco del Tortoni. El lustre que dieron los artistas fue posterior, una argucia de la memoria histórico-turística que sumó santos y pecadores, grandes y chicos; artistas y meros desocupados, simplemente artistas por la vampirería que permite el haber permanecido sentados y remisos, como lo reconoció posteriormente Ulyses Petit de Murat- al lado de los grandes.

Por otra parte, para la vida cultural de Buenos Aires, poco agregaba que tal o cual personaje famoso se sentara en tal o cual café. Las diferencias, más bien, podían llegar a ser grupales. Y la permanencia de La Peña, como grupo de artistas, es verdaderamente notable. La Peña tuvo extraordinaria duración, y su accionar provocó imitaciones fuera del ámbito del Tortoni. Y tal vez fue esta perdurabilidad de la Peña, la que finalmente dio lustre al Toroni, porque sentó una tradición, la de institucionalizar el encuentro cultural en el Café. Fue tal la perdurabilidad de la Peña, que incluso, después de su desaparición en 1943, siguió ejerciendo un influjo que provocó pequeños renacimientos posteriores. Al principio, fue el Tortoni el que dio lustre a los artistas -aún después la Peña, le dio una historia grande que contar al Café.


EL TORTONI, AHORA, MEJOR QUE ANTES

Por Horacio Ferrer

"Por lo que el Tortoni
Es, y ¡será! Y fue
Melancólicamente
Le tiendo un invisible
puente
-romántico y porteño
y bien demente-
a la gente
linda de la mesa de al lao
y les voleo mi corazón
Piantao
Y me bebo otra canción
Otro sueño
Otro café."

Horacio Ferrer, en una amable entrevista concedida a "Círculo de la Historia", nos habló del Café Tortoni, al que se siente unido espiritualmente. El texto que sigue, mantiene la oralidad de la conversación.


Yo vengo al Tortoni desde niño. Tíos míos, y mi padre también, me traían de chico al café -a este café y a otros cafés- porque ellos, todos, eran gente del café, intelectuales, universitarios, bohemios que encontraban en los cafés en general, en toda la tradición latina de los cafés, el lugar apropiado y propicio para la conversación, para el cambio de ideas, para el afecto, para la amistad.

Yo recuerdo una cosa increíble de este café. Había una mesa muy numerosa de amigos, que se reunía a tomar café y cognac después del almuerzo. Se reunían, yo calculo, a las dos y media de la tarde. Y hacía tantos años que estaban... Se reunían en la cuarta mesa, mirando desde adentro del café a la izquierda, casi al lado de la puerta. Y tenían un timbre para llamar al mozo. Hasta había instalado un timbre para que ho hubiera demoras en: -otra vuelta de café, cognac, masas o de lo que fuera-...Entonces, el que presidía todo eso, tocaba el timbre, sonaba en el mostrador, y venía el mozo a atenderlos. Hasta esa gentileza tenía el café para sus parroquianos, la gentileza de, a los más consecuentes, prestarles el servicio de timbre en la mesa. Eso me acuerdo haberlo visto de adolescente.

Yo reconozco sobremanera, la línea del café. Y todo lo compartimentado que es: su sala de juegos, su salón de actos, su parte de mesas frente a la barra, otras más recoletas, lo que era la peluquería que está dedicado a Biblioteca: ahí empezamos a reunirnos con la academia Nacional del Tango, y allí se reúne el Círculo de Poetas Lunfardos, el Instituto del Tango. Han sido todos los rincones del café aprovechados. Y no quiero olvidarme de mi gran amigo Alejandro Dolina, que es para mí la figura más importante de la radio que ha surgido en los últimos veinte años,... cuarenta, que transmite su programa desde la Bodega del Tortoni, con un éxito de colas hasta la esquina de Tacuarí, de jóvenes que esperan para entrar todos los días a la medianoche. Allí, Alejandro Dolina, imparte su ingenio, su ilustración, su cultura, su gracia, su porteñismo, su pasión, el canto, la poesía, reflexión, la mitología griega y la mitología arrabalera. Eso, que es maravilloso, es uno de los acontecimientos del Tortoni, la presencia de Alejandro Dolina.

Yo creo que el café ahora está mejor que antes. Generalmente hay una tendencia a idealizar el pasado, porque "el pasado siempre fue mejor". Bueno, yo creo que el Tortoni en sus últimos veinticinco años, es mucho mejor que el Tortoni de otras épocas. Es un café con prestigio continental y mundial, y uno de los cafés más antiguos de América, al cual vienen alemanes, dinamarqueses, ingleses, europeos en general, y gente de toda América. Vienen a tomar café y a sentir el roce con los fantasmas, con los recuerdos, con las leyendas. Eso, a uno le pasa en otros países, cuando va al café El Greco de Roma, y uno quiere sentir toda la tradición. Se sienta en esos sillones de terciopelo y pensa que el lado se va a sentar Sara Bernhardt o Pirandello. Bueno, eso es lo que pasa con el Tortoni, con todas las figuras de hoy, contemporáneas, del pensamiento, del arte y la intelectualidad, están las leyendas, los fantasmas y los duendes de todo aquello que ya vivió en el Café. Y eso es lo que el público viene a buscar. Salir de la vida cotidiana, de apuros, de cheques, de necesidades. Entrar al Tortoni, es suspender la actualidad, para vivir una cosa profunda, divertida, hermosa, acariciante y grata.

El Tortoni es un orgullo para Buenos Aires, y para nosotros, que podemos disfrutar de su ámbito, de su prestigio, de su dorada leyenda.

Se conoce mucho la gente, y los que no conocemos, vienen a mirar a los conocidos. José Gobello, Héctor Negro, la gente de la Revista Buenos Aires Tango y las demás, Natalio Etchegaray, todos los muchachos de distintas publicaciones que se reúnen allí. Gente que se reúne a leer poesía. Nosotros, hemos nombrado a Roberto Fanego, Académico "Honoris Causa" de la Academia Nacional del Tango, porque me parece, por el tango, por Buenos Aires y por la Academia, que la obra de Fanego ha sido realmente extraordinaria.


Artículo extraído de:
Año 5 Número 43 Octubre de 1999

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Almas vivientes de la ciudad.
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Antiguos bares de Buenos. Aires.
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Avenida de Mayo.


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